El verdadero rostro de la Conversión

buena nueva

“En el antiguo Imperio chino vivía una princesa que estaba en edad de casarse. Su padre, el emperador, le animó a que escogiera marido entre todos los súbditos del imperio. Quería para ella al hombre más hermoso, valiente e ingenioso del mundo. Se enviaron mensajeros por todas las regiones. Los jóvenes que creyeran tener esas cualidades podían presentarse en el palacio en el día señalado.

En una lejana región vivía un hombre muy hábil. No era nada hermoso. Los rasgos de su cara revelaban que era cruel y malvado, hosco, violento. Era un ladrón y un asesino. Pero se le ocurrió una feliz idea para participar en la selección. Le encargó al mejor artesano de máscaras una que expresara la máxima belleza, ternura, gracia. El mismo ladrón quedó impresionado con los resultados. Era realmente perfecta. Se la colocó, y en vez de los rasgos duros y violentos, su rostro reflejó candor, belleza, dulzura, valor.

La princesa lo seleccionó sin la menor duda entre el grupo de sus pretendientes. A todos superaba por su belleza y prestancia. Cuando el ladrón comprendió las consecuencias de su trampa, se puso a temblar de miedo: Sabía que, cuando se descubriera el engaño, el Emperador lo mandaría a matar. Para salir del problema, le dijo a la princesa que no era conveniente acelerar el noviazgo y que le diera un año para prepararse para tomar una decisión tan Transcendental.

A la princesa le pareció buena la idea y le agradó que fuera un hombre, además de bello y elegante, prudente. Como en todo el imperio lo conocían como el pretendiente y prometido de la princesa, no tuvo más remedio que empezar a desempeñar ese papel. Debía cuidar las palabras que decía, actuar con elegancia y delicadeza, ser valiente, mostrar coraje y misericordia. Así, fue aprendiendo a actuar con bondad y generosidad, comenzó a ser compasivo y piadoso; ayudaba a los menesterosos, combatía las injusticias, consolaba a los tristes…Pero había un abismo entre la máscara y el corazón.

No podía olvidarse de quién era en realidad. Su espíritu se consumía de resentimiento, le incomodaban los halagos de la gente, le horrorizaban sus propios engaños llegó de nuevo el día de volver a palacio y presentarse a la princesa. Iba decidido a contarle toda la verdad y asumir las consecuencias. Llegó, se echó por tierra, la saludó, y entre muy amargas lágrimas le contó todos sus engaños:

-Soy un bandido, un malhechor. Me hice esta máscara tan sólo por contemplar el interior del palacio y poder admirar a la mujer más hermosa del imperio. Nunca pensé que podría elegirme. Cuánto siento haber aplazado un año sus planes de matrimonio. La princesa se enfadó mucho, pero sintió curiosidad por ver quién era, por contemplar al hombre depravado que se ocultaba tras la máscara. Y le dijo:

–  Me has engañado, pero te perdono porque has sido capaz de contar a tiempo toda la verdad. Sólo te pido un favor para dejarte libre: quítate la máscara y déjame ver tu rostro.

                 Temblando de miedo, el bandido se quitó la máscara. Al verlo, la princesa se enfadó y enfureció:

                 -¿Por qué me engañaste? ¿Por qué llevas una máscara que reproduce a la perfección tu propio rostro?

                 Era cierto. El rostro verdadero se había identificado con la máscara. Un año entero de esfuerzo por ser como la máscara, lo había cambiado por completo”.

                 Hermosa historia, que nos demuestra que si se puede cambiar, que no necesitamos la hipocresía de una máscara que le dé a nuestro rostro rasgos de bondad, dulzura, belleza, para aparentar lo que no se es,  sino, simplemente, tomar la decisión de dejar a un lado todo aquello que nos aleja del bien,  reconocer y enmendar  el mal que se hizo y tener la valentía de comenzar de nuevo.

            “Convertirse es como ascender por una chimenea y pasar de un mundo de sombras, donde todo es caricatura ridícula, al verdadero mundo creado por Dios. Comienza entonces una exploración fascinante e ilimitada”.  (Evelyn Waugh)… Por lo tanto, si queremos cambiar, podemos hacerlo simplemente buscando la ayuda de Dios, “Él que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad”, (1 Tim 2,4),su amor misericordioso, le dará fuerza a nuestra voluntad de cambiar y con su gracia irá modificando todos aquellos comportamientosque no nos convenían, que nos alejaban de Él.

De este modo, cuando menos nos demos cuenta, seremos las personas más buenas del mundo, a base de practicar la caridad en sus dos vertientes, para con Él y para con nuestros prójimos: cónyuge, hijos, familiares, amigos, para con la sociedad toda.

            En la conversión se da un proceso muy hermoso, hay una metamorfosis,  como el de la mariposa, primero una oruga fea y repugnante, luego cuando deja el capullo, es totalmente diferente a lo que entró en él,   ¡Qué cambio ha tenido lugar! ¡Qué transformación! Así pasa con el hombre, el que se ocultaba detrás de la máscara era cruel, malvado, hosco, y violento, al dejar la máscara surge el verdadero rostro de la conversión, una nueva criatura que reconoce que no hay, fuera de Dios, poder alguno al que debamos someter nuestra vida ni del que podamos esperar la salvación, aparece el verdadero ser humano, transformado profundamente tanto de mente, corazón y con los rasgos que caracterizan a un verdadero hijo de Dios.

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