Cuidar nuestro corazón para que la semilla del Evangelio se desarrolle y produzca frutos  

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 DOMINGO  15º – ORDINARIO – Ciclo A – (Texto: Mt 13, 1-23)

 

Durante  la celebración de la Eucaristía, justo al momento de la proclamación del Evangelio todos nos ponemos de pie. De esta manera, además de la fe y el respeto a Jesucristo, estamos demostramos  la disponibilidad de acatar cualquier orden suya.

 

A SU ANTOJO Y CONVENIENCIA

Pero hermanos, del Evangelio sabemos de un hijo que decía estar dispuesto a trabajar en la finca de su padre, escuchando y  obedeciendo todos sus mandamientos; sin embargo, después hacía lo que le venía en gana (cf. Mt 21,28-32). Así ocurre con la mayoría de los que recitamos el Credo, y muchas novenas y Padrenuestros. También con los que escuchando con atención el Evangelio y la homilía durante la misa, afirmamos con la cabeza cualquier verdad que se nos va revelando; pero más tarde, allá afuera, en la intimidad o en grupo, somos otra cosa. Después de la Eucaristía y fuera del templo no hay continuidad. Cada quien vive a su antojo o conveniencia.

 

TAMBIÉN, JESÚS HABLABA EN PARÁBOLAS

El profeta Isaías, en la 1ra. Lectura hoy, de manera figurada, compara la palabra de Dios con la lluvia que empapa la tierra y hace posible que la semilla germine, se desarrolle y de fruto (Is 55,10). También, el Señor, para hacerse entender en cosas más profundas y complicadas, echaba mano de las parábolas. Apoyándose en  las costumbres y objetos más corrientes de la gente, ponía ejemplos de ovejas y pastores, de sementeras y hasta de remiendos hechos a la ropa.

 

descargaLA SEMILLA Y LA TIERRA

Hoy el Señor compara el Reino de los cielos a una semilla con gran potencial, que al voleo, es esparcida por un agricultor en su campo. Por experiencia, el hombre intuye, que una parte de las simientes no va a producir el fruto deseado. Algunas caerán en terrenos no aptos para la buena germinación y desarrollo. También, los agentes atmosféricos: viento, lluvia, sequía; así como ciertos cuidados inherentes a la siembra, influirán en la cosecha. Sin embargo, el agricultor se arriesga y espera pacientemente el momento de recibir el premio de todo su esfuerzo.

¿DE QUÉ DEPENDERÁ LA COSECHA?

Hermanos, la semilla del Evangelio es la palabra de Dios. La tierra que promete buen fruto es cada ser humano. La cosecha dependerá de la tierra que somos y del cuidado que demos a la semilla. El Señor dice que al sembrar, un poco cayó al borde del camino, otro poco, en terreno pedregoso y entre las malezas. Sólo un resto cayó en tierra buena  y produjo frutos: “Un grano dio cien, otro sesenta, otro treinta. El que tenga oídos para oír que oiga” (Mt 13,8-9).

Así, en algunos, la palabra de Dios se perderá, como ocurre con las semillas que caen al borde del camino: las comen los pájaros o las arrastraran las lluvias. Igualmente, se perderá en los terrenos pedregosos y superficiales; en los desérticos y llenos de malezas. En estos terrenos, si no son mejorados,  la semilla del Evangelio nunca podrá dar fruto. Serán como aquellas personas que oyen pero no escuchan. Personas que ante cualquier tentación o tribulación, por haber sido indiferentes, se convierten en presas fáciles para la manipulación y el cambio de religión. Tierra buena, hermanos, es la que con fe abriga la semilla y con constancia, la hace producir frutos de hasta un ciento por uno.

De esta manera, el Señor hoy, ha querido enseñarnos que el Reino de los cielos se establece en la tierra con unos principios humildes y sencillos. Al final, si hay disponibilidad y constancia, la cosecha será tan grande, que olvidaremos las tareas y dificultades de un principio. No dejemos que nuestro corazón se inquiete y endurezca. Es necesario cuidarlo para que la semilla del Evangelio se desarrolle y produzca frutos.

 

“EL QUE TENGA OÍDOS QUE OIGA”

Nunca debemos actuar como aquel hijo que del Evangelio citado al principio. El que se ponía de pie para escuchar los consejos de su padre, pero más tarde, por antojo y  conveniencia, hacía lo que se le venía en gana… Con razón el Señor dice  “El que tenga oídos que oiga… Al que tiene, se le dará más y tendrá de sobra; pero al que tiene poco, aun ese poco se le quitará”…(cf. Mt 13, 9-12). Es que, el que no cuida su poquita o mucha fe, fácilmente la pierde. Eso ha ocurrido con muchos hermanos que al distraerse o entretenerse en cosas de poco valor espiritual perdieron todo lo que habían recibido el día de su Bautismo. Entonces, confundidos y engañados, alejados de la Iglesia terminan como  “hermanos separados” en cualquier secta.