JESÚS: EL AGUA VIVA

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DOMINGO 3º – CUARESMA – Ciclo A – (Texto: Jn 4,5-42)

Pbro. R. Ricardo Ramírez Sulbarán   (padreraulr@hotmail.com).-Hermanos, sólo quien haya experimentado una sed semejante a la que se siente bajo el calor de un desierto; así como la importancia que tiene para nuestras actividades  productivas, podría entender que el agua es uno de los elemento más necesarios para la vida humana.

SIGNIFICADOS DEL AGUA EN LA BIBLIA

       En la Biblia, el agua presenta diversos significados: Unas veces, simboliza al Espíritu Santo; en otras, es un elemento que generando destrucción, produce purificación, renovación y salvación; sin embargo, el significado ajustado, como veremos más adelante, habría que buscarlo en la misma persona de Jesús, que es presencia y bendición divina.

     En la 1ra. Lectura de este doingo (Ex 17,3-7), el agua que brota de la roca por la intercesión de Moisés, es un símbolo de salvación para el pueblo judío, que en su peregrinar por el  desierto se había rebelado contra Dios. El hambre y la sed que tuvieron que soportar había provocado en ellos el episodio de Masá y Meribá; con su significado emblemático: Masá: prueba y tentación; Meribá: murmuración y protesta. A propósito, el salmo 94, que también meditamos hoy: “No endurezcan su corazón, como el día de la rebelión en el desierto, cuando sus padres dudaron de mí, aunque habían visto mis obras” (v. 8), pudiera servirnos como recordatorio, cuando alguna duda o prueba intente hacernos perder nuestra fe y seguridad en Dios.

JESUS: EL AGUA VIVA

  En el evangelio (Jn 4,5-42), vemos cómo Jesús supo escoger el momento más apropiado para revelarse como el “agua viva”, el dador de la vida. Dice el texto,  que era “al mediodía” -a pleno calor del desierto-, cuando sentado en el brocal del pozo Sicar, se encontró con una mujer samaritana que venía a sacar agua del mismo. Aquel día, Jesús, sin llevar en consideración  que los samaritanos eran enemigos de raza y de religión de los judíos, poniendo por delante la importancia de la humildad y la caridad; unas de las actitudes capaces de romper cualquier muralla o frontera racial, religiosa, políticas y económica entre los seres humanos; al pedir agua a la mujer samaritana, dio inició a un diálogo largo y placentero. Ella anclada en las circunstancias de la raza y  de  la  religión, le  espondió: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana?” El Señor, refiriéndose a su propia persona le respondió: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide agua, le pedirías tú y el te daría agua viva”. La samaritana, al principio no entendió  que Jesús se refería a su propia persona: al “agua viva”, con la que todos deberíamos empaparnos y saciarnos siempre. La única fuente que al igual que aquella mujer de los cinco maridos, nos permitiría repetir confiados: “Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla. Ya veo que eres un profeta”… Es que el Señor Jesús es  un agua diferente a la de tantos pozos en los que confundidos hemos intentado purificarnos y apagar nuestra sed de Dios sin conseguirlo. Por eso, necesitamos beber y empaparnos de esa agua siempre. Sólo empapándonos del conocimiento y de la vivencia de Jesús, Nuestro Señor,  dejaríamos de andar  de  pozo  en  pozo, como aquellos que cambian de fe  y de religión como cambiar de ropa.

LA GRACIA DE NUESTRO BAUTISMO

  Hermanos, ya nosotros recibimos esa agua el día en que fuimos bautizados. Ese día. Cristo se nos ofreció como el agua que calma nuestra sed de Dios. Tal vez, para los que tenemos agua en abundancia, al extremo de derrocharla, ese elemento ha perdido toda la fuerza de salvación que tenía para la gente del desierto. Para ellos un pozo en las arenas tostadas por el sol era la vida de todo un pueblo.

   Sin embargo,  todavía, a lo largo del fatigoso camino de la vida cercanos o más lejanos de los que hemos recibido el bautismo, hay mucha gente padeciendo de sed. Muchos seres humanos que por la árida finitud que les rodea, viven atormentados. Necesitados, de rehidratación y regeneración. Necesitados de Jesús: el Mesías y Salvador.

  ¡Qué maravilloso sería poder reconocer en ellos, a un esposo, a una esposa, a unos hijos o a otros familiares, amigos y vecinos que nos piden un poco más de comprensión, paciencia y cariño! Un poco más de tiempo y de interés para comprenderlos, para tomarlos en cuenta. Si pudiéramos como aquella samaritana,  reconocer en ellos a Jesús: el “Agua Viva” que nos lleva  a la vida eterna, seriamos realmente felices. Porque, hermanos, todos ellos son el rostro de Jesús diciéndonos: “El Mesías soy yo, el que habla contigo”. Así sea.-

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