NUESTROS FIELES DIFUNTOS

Pbro. Walkelys Araujo.- El pasado 2 de noviembre, dedicamos un recuerdo especial a nuestros fieles difuntos. Celebramos eucaristías por su eterno descanso, visitamos el cementerio, llevamos flores, nos acercamos de algún modo, a esas personas que ya no están físicamente con nosotros. Son fechas, que nos invitan a reflexionar que más allá del cuerpo y su corruptibilidad, existe algo más importante, por lo que vale la pena trascurrir una existencia terrena, bajo el precepto del “cristiano actuar”.

En fe declaramos, que la muerte es un trance que nos lleva a la luz, a una vida nueva, prometida, donde no hay sufrimiento, sino gloria y que en el momento de la Parusía, podremos entonces gozar de la vida eterna. La Resurrección de Cristo, nos ofrece como creyentes, la posibilidad de renacer, de un modo nuevo y para siempre”.

La conmemoración de los fieles difuntos, es un recordatorio de los hermanos que durante su vida, reconocieron a Jesucristo como su Señor y Salvador, así como también por aquellas personas, que aún no conociendo a Jesús, ni los mandamientos, fueron guiados por la buena voluntad; por lo tanto y de igual modo, herederos de la misericordia de Dios. La Palabra lo expresa: “A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe, llega su lenguaje” (Salmo 18), es decir, el lenguaje del amor y de la salvación, el lenguaje de la misericordia. En pocas palabras, Dios es para todos.

Para la iglesia, la muerte es la separación del alma del cuerpo; alma que se presentará frente al tribunal de Dios para ser juzgada en el amor y en la misericordia. Si la persona vivió cerca de Dios, su alma estará en el cielo, si no, en el infierno o purificándose en el purgatorio.  Entonces, ¿para dónde queremos ir?

Hermanos, consagremos al Señor nuestra vida terrena y hagamos de ésta un purgatorio, a través del cual podamos purificarnos, de modo que, en el momento de nuestra muerte, el camino hacia el cielo, sea más corto. ¿Cómo? Haciendo sacrificios, privándonos de lo superfluo. Es preferible vivir el purgatorio aquí en la tierra: confesarnos con frecuencia, comulgar, leer la Palabra de Dios, hacer obras de caridad, orar, vivir en la mortificación de los cinco sentidos, pedirle al Señor que nuestras bajas pasiones, nuestras inclinaciones, sean controladas: el alcohol, las drogas, la prostitución, la sexualidad, la idolatría; en una palabra, sí a Dios, no al pecado; todo aquello que sea pecaminoso, que no sea bendecido por Dios, hay que sacarlo de nuestras vidas. Somos seres humanos y por ello, tenemos que pedirle al Padre, que nos dé fuerza, de ser vigilantes. Oremos insistentemente por nuestra propia conversión, la de nuestros seres queridos, por el mundo entero. Que en el momento de la muerte, descansemos en paz verdaderamente, pero para llegar a este feliz término, tenemos que trabajar por nuestro espíritu con alegría, gozo, entrega y disponibilidad. Dando lo mejor de sí y muriendo ante el propio pecado y la debilidad; es una lucha de todos los días, no es fácil ser cristiano, es tomar la cruz y andar hacia el encuentro con el Señor.

Alguien una vez decía: “Dejen que digan, que hablen, que formen alboroto, que en el Tribunal Divino, ninguno paga por otro” y será así, nos presentaremos desnudos delante de Dios, no solamente físicamente, sino espiritualmente; allá no podremos decir “es que a mí me obligaron, es que a mí me dijeron, es que yo creí,  es que yo pensé”.  No, allá vamos a estar solos: “Dios y yo” y de Él, vendrá la sentencia. A unos dirá: “Vengan benditos de mi Padre al Reino, preparado para ustedes desde la creación del mundo” (Mt 25, 34) y a otros: Apártense de mí, malditos, al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt 25, 41).

Dediquémonos a celebrar la vida, como un don. Esa que día a día se cultiva para hacer de ella, el lugar feliz donde reside el cuerpo y si en este transitar terreno vamos echando la semilla del amor, de la sonrisa, de ver el rostro de Jesús en el hermano necesitado, de la responsabilidad cristiana; sea cual sea nuestra muerte, dejaremos aquí un perfume perdurable y haremos de nuestra vida futura, un abrazo de Dios, que nos espera y diga “Que buen Hijo has sido”.

Que Dios los bendiga y hasta la Próxima Semana

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