CREER SIN AGRADECER

padre-julio

La palabra de Dios para este domingo en el texto de Lucas 17, 11-19, se nos propone como elemento de reflexión el valor del agradecimiento que ha de ser una característica del discípulo de Cristo. El agradecimiento es una actitud fundamental del hombre ante Dios; en el AT, la gratitud encuentra su mayor sentido y expresión en el sacrificio y la acción de gracias. En el NT, el agradecimiento desempeña un papel especial en la cena Eucarística, de hecho la palabra eucaristía, significa acción de gracias. En los evangelios y en las cartas neotestamenarias, la gratitud ocupa un ligar dominante, ante todo resulta necesario agradecer las bondades que el Señor nos muestra a sus hijos día a día.

El texto que leemos hoy lo titulamos la curación de los diez leprosos, sin embargo podemos darnos la libertar de darle un nuevo título: “El leproso agradecido”, este era samaritano. Se sitúa en la misma línea que el relato de “El Buen Samaritano”. El leproso que regresa a dar gracias es: samaritano». Este dato resulta ser muy importante, ya que son los samaritanos los más distantes de Israel, los judíos diáspora, los que descubren fácilmente el amor de Dios y lo agradecen. Cuando algunas tribus de hebreos, guiadas por Moisés, salen libres de Egipto, hacia el año 1250 a.C., encuentran la tierra de Palestina poblada por tribus hebreas que no habían sufrido la esclavitud de Egipto. Estas tribus que no han vivido la experiencia del Éxodo, habitaban en la zona central del país. Están agrupadas en ciudades independientes, viven del asalto y del robo. David y Salomón intentan unificar el país, pero las tribus del norte y del centro de Palestina se rebelan contra el centralismo excesivo de Jerusalén. Y nace el espíritu «samaritano», siempre contrario a los judíos. La ciudad de Samaría fue fundada por el rey Omrí hacia el 880 a.C. En ella se instaló un culto pagano cuando el rey Omrí realizó una alianza con las ciudades fenicias de Sidón y Tiro. Durante la revolución de los guerrilleros judíos «macabeos» contra los griegos, Samaría se sometió a las leyes griegas. Los judíos se vengaron de la ciudad de Samaría destruyéndola en el año 108 a.C. Herodes el Grande la reconstruyó el año 30 a. C. Herodes, preocupado de la unificación de su reino, se casó con una princesa samaritana. El año 6 d.C. los samaritanos profanaron el templo de Jerusalén, arrojando en él huesos humanos.

Toda esta historia explica el odio de los judíos contra los samaritanos y la manifestaban a través de expresiones irónicas como: “El que come el pan de un samaritano, come carne de cerdo”. Estaba prohibida la conversión de un samaritano al judaísmo. Un judío podía seguir el camino que atraviesa Samaría, pero a condición de no hablar con nadie. Los buenos judíos evitaban atravesar esta región.

Jesús vino a romper nuestros muros ideológicos de divisiones y de odio, por ello la actitud del maestro con respecto a los samaritanos, sorprende por su tolerancia y respeto. Jesús no etiqueta a las personas. Regala su salvación a todos. Como hijos de Dios bautizados e Iglesia discípula misionera en marcha, tenemos la obligación moral de reproducir en sí mismos la actitud de Jesús: regala la salvación sin esperar nada a cambio y considera que su tarea es la del sembrador. Pero también ayuda a cultivar en todo hombre de buena voluntad, la virtud del agradecimiento.

Tenemos un compromiso hacernos las mismas preguntas de Jesús ¿No han quedado limpios los diez?”.¿No se han curado todos? ¿Por qué no reconocen lo que han recibido de Jesús? “Los otros nueve, ¿dónde están?”. ¿Por qué no están allí? ¿Por qué hay tantos cristianos que viven sin dar gracias a Dios casi nunca? ¿Por qué no sienten un agradecimiento especial hacia Jesús? ¿No lo conocen? ¿No significa nada nuevo para ellos?

“¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”. ¿Por qué hay personas alejadas de la práctica religiosa que sienten verdadera admiración y agradecimiento hacia Jesús, mientras algunos cristianos no sienten nada especial por él? Benedicto XVI advertía hace unos años que un agnóstico en búsqueda puede estar más cerca de Dios que un cristiano rutinario que lo es solo por tradición o herencia. Una fe que no genera en los creyentes alegría y agradecimiento es una fe enferma.

Pbro. Julio César León Valero

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