“Solo uno regreso para agradecer”. DOMINGO 28º – ORDINARIO – Ciclo “C” – (Texto: Lc 17,11-19)

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Pbro. R. Ricardo Ramírez Sulbarán.-  Hermanos, me pareció interesante la repuesta que dio un ministro cristiano llamado Matthew Henry, cuando unas personas que esperaban una queja suya contra Dios le preguntaron: ¿Cómo se siente después de haber sido asaltado y robado? Su respuesta fue “Tengo cuatro razones para dar gracias a Dios: 1º).- Porque es la primera vez que me asaltan. 2º).- Porque los que me robaron no me quitaron la vida. 3º).- Porque aunque me quitaron todo lo que tenía encima, eso no era mucho. 4º).- Agradezco que me hayan robado a mí y no ser yo el ladrón. Un buen ejemplo a imitar, pues siempre habrá razones para agradecerle de Dios…

NOS AGRADA RECIBIR,  PERO NOS CUESTA AGRADECER

    Aunque el favor o los favores que brindemos nos parezcan insignificantes, siempre nos agradan las personas que saben agradecer. El “Dios le pague” o el “muchas gracias”, unidos a una mirada y una sonrisa franca, siempre serán recibidas como la mejor bendición. ¡Qué alegría y que seguridad experimentamos cuando tratamos con personas que saben agradecer! No importa que la gratitud venga del papá, de la mamá, de los hijos, de los hermanos o de algún desconocido; porque dar  gracias es un valor que denota un recto modo de proceder a cualquier edad y a cualquier nivel social, religioso o cultural. Sin embargo, ¡qué diferente nos portamos a veces, en  nuestras relaciones con Dios! A Dios le exigimos calidad y prontitud en los favores, pero después que los  recibimos, somos lentos y olvidadizos para agradecerle…

EL UNICO DIOS ES EL DE ISRAEL

    La primera lectura y el Evangelio de este domingo, nos hablan de la  lepra  y  de  la  curación  de   esta  horrible  enfermedad.  En  los  capítulos 13 y 14 del Levítico, aparecen instrucciones inherentes a la misma. Los leprosos, además de ser considerado malditos de la vida y de la esperanza, eran rechazados, marginados y aislados de la sociedad. Y, si por la gracia de Dios llegaban a sanar, debía realizar cierto rito de purificación (cf. Lv 13,45-46.14).

     En la 1ra. Lectura (2Re 5,14-17), apreciamos la curación de un sirio llamado Naamán. A este extranjero, natural de Siria, un pueblo enemigo de Israel, se le ofreció la salud y la esperanza de renovar la fe en el único Dios verdadero: el Dios de Israel. Dentro de la historia de este milagro, el sumergirse siete veces en el agua del río Jordán, es una figuración anticipada del nuevo nacimiento que se produce a través  agua purificadora del bautismo cristiano.

SOLO UNO REGRESO PARA AGRADECER

   En el relato del evangelio (Lc 17,11-19), enmarcado dentro de la subida de Jesús a Jerusalén, apreciamos la curación de diez leprosos que desde lejos habían salido al encuentro del Señor.  Por estar enfermos, había que huir de ellos, como se huye de cualquier animal peligroso o ponzoñoso; como muchos en nuestro tiempo, huyen  de  los enfermos de  sida. Sin embargo, cuando  aquellos hombres desde lejos salieron a su encuentro, Él, que luchaba contra toda injusticia y marginación no huyó; sino que después de escucharles la súplica: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”; les dijo: ’Vayan a presentarse a los sacerdotes’. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra. Uno de ellos, viendo que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ese era un samaritano” (Lc 17,14-16).  

     De aquellos diez, sólo uno, un samaritano -un extranjero, enemigo de raza y de religión de los judíos-, fue quien regresó para darle gracias al Señor. El resto, por vivir alejados de Dios, sólo cumplieron con los ritos de purificación que indicaba la Ley

INCAPACITADOS PARA ALABAR Y BENDECIR A DIOS

   ¡Qué curioso!… Un sirio en la 1ra. Lectura y un samaritano en el Evangelio; ambos considerados alejados de Dios por su raza y por su  religión, fueron los que sanaron en el cuerpo y en el alma. Sólo ellos, supieron reconocer al verdadero Dios por la fe. Los otros nueve leprosos del Evangelio, como ocurre con los que menudo realizamos malas  confesiones, sólo sanaron exteriormente: en el cuerpo. En el alma o interiormente, continuaron contaminados por el pecado; por lo tanto, Incapacitados para alabar y bendecir a Dios por la gracia del perdón.

SIEMPRE HAY RAZONES PARA AGRADECER

    Hermanos, este domingo la palabra de Dios nos ha hablado de la lepra como del pecado que contamina, separa y mata; también, de la misericordia de Nuestro Señor Jesucristo que al perdonarnos, nos purifica, nos une y nos da vida. Por todas esas maravillas, debemos  agradecer siempre a Dios. Nunca olvidemos que cuando el Señor le dijo al samaritano que había regresado para darle  gracias: “Vete, tu fe te ha salvado” (v. 19), también, a nosotros, ahora y siempre nos está enviando a dar testimonio de salvación. No importa lo que esté pasando en nuestras vidas. Siempre hay razones para agradecerle a Dios. Una forma de hacerlo sería colaborar con el crecimiento de los valores morales, religiosos y civiles. Eso, como ocurrió con aquel extranjero y los diez leprosos, nos ayudaría a vencer cualquier discriminación religiosa, política o social. Así sea.-           (padreraulr@hotmail.com)

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