DOMINGO 19º – ORDINARIO – Ciclo C –  (Texto: Lc 12, 32-48)

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Pbro. R. Ricardo Ramírez Sulbarán.-En Venezuela, como en todo el mundo, vivimos una crisis de valores. Hemos perdido en honestidad, en espiritualidad y en la dignidad del trabajo. La corrupción y la injusticia en todos los niveles de la sociedad se agigantan. La mayoría quiere enriquecerse de cualquier manera: engañando, robando y hasta asesinando.  Sólo, un acercamiento a Dios podrá llenarnos de la confianza necesaria para salir de este atolladero.

INSEGURIDAD Y DESCONFIANZA

La palabra de Dios este domingo, nos recuerda la importancia de tener fe, y por encima de cualquier miedo, inseguridad o mala experiencia; mantenernos en ella También, que aunque desconfiemos de todo y nos cueste creer en la honestidad de nuestros semejantes, porque vemos en ellos, tal vez, un reflejo de nuestros propios defectos; ninguno debe perder la esperanza en las promesas de Dios.

ABRAHAM: PADRE Y  MODELO DE FE PARA TODOS

El autor de la carta a los hebreos (2ª lectura), dirigiéndose a cristianos que vivían momentos difíciles de desaliento y confusión, similares a los nuestros; antes de recordarnos la experiencia del patriarca Abraham, padre y modelo de fe para todos, nos alienta diciendo: “La fe es la garantía de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve” (Heb 11, 1).

Abraham, un día fue llamado por su nombre y él, obediente, partió hacia lugares lejanos y desconocidos, buscando en esa tierra prometida, una patria mejor. Al final, Dios cumplió su promesa. Abraham a pesar de ser ya viejo tuvo de su esposa Sara, también anciana y estéril, una descendencia numerosa en  Isaac, su hijo (Heb 11, 8-19). Después, siguiendo la historia de salvación, la total y definitiva, en Jesucristo, no solo para la descendencia de Abraham, sino para todos los justos. Eso prueba, que aunque no veamos resultados de inmediato; como quisiéramos, Dios no nos olvida. Aún más allá de nuestra historia presente, el Señor cumple siempre sus promesas.

LA FE DEBE DISTINGUIR AL CRISTIANO   

La fe es confianza. De no ser así, la meta que el Señor tiene reservada para todos, podría  convertirse  en un  enigma difícil de comprender. Por eso, para el cristiano, peregrinar es vivir en esperanza. Es entender la vida como un camino que se recorre para llegar a vivir después de la muerte con y para Dios eternamente. Pero, ese camino no siempre será placentero. Habrá  dudas, misterios y tropiezos; que como la pobreza, las ingratitudes, las enfermedades y las inesperadas muertes; nos desconcertaran fácilmente. Sin embargo, Dios si sabe a dónde vamos y cómo seremos; por eso, la fe debe distinguir al cristiano, del que no lo es. Si fallamos en la ella, todo se nos complica.

CADA DÍA ES UN DÍA MENOS DE NUESTRA EXISTENCIA

A menudo vivimos muy pendientes del futuro y no vivimos el presente. El Señor, hoy nos dice: “No temas, pequeño rebaño, porque su Padre ha tenido a bien darles su Reino” (Lc 12, 32). Por eso, aunque la vida tenga sus preocupaciones nadie debe disminuir en esperanza. El cristiano debe vivir el presente despierto y vigilante; con la ropa de viajar puesta  y “encendidas las lámparas”. Preparados, “como los criados que están esperando a que su señor regrese”. “Porque a la hora en que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre” (Lc 12, 35-40). Entonces, sabiendo que cada día es un día menos de nuestra vida en este mundo. Y como nadie sabe el día y la hora exacta de la llegada del Señor para establecer su Reino, que puede coincidir con nuestra propia muerte, nuestro mejor negocio será estar preparados para ese instante. Dios viene a cada momento y a través de sucesos que pueden echar a perder cualquiera de nuestros planes terrenos.

¿COMO DEBEMOS ESPERAR AL SEÑOR?

Dirán algunos: “Entonces, ¿si Dios que conoce todo y  sabe cuál será mi destino, para que luchar?” No olvidemos, que el Señor respeta nuestra libertad y quiere lo mejor para todos; por eso, si voluntariamente nos desviamos, de Dios no es la culpa.

Como lo expresan las parábolas del evangelio de hoy,   esperar al Señor, no es cruzarnos de brazos ni evadir resignados los problemas y dificultades; tampoco, es poner todo el empeño en los tesoros que se acaban aquí en la tierra. Debemos esperarlo, trabajando para transformar todo lo malo e injusto de  este mundo en algo agradable a Dios. Más justo, más humano para todos. En fin, acumulando bienes en el cielo donde  no llega el ladrón ni la polilla los carcome… (Lc 12, 33-34).

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