Señor, enséñanos a orar. DOMINGO 17° – ORDINARIO – Ciclo “C” – (Texto: Lc 11, 1-13)

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Pbro. Ricardo Ramírez Sulbarán.- Dicen que la oración, con su poder maravilloso “es el principio de toda vida espiritual”. Y para nosotros, los cristianos católicos, la Eucaristía es la oración por excelencia; sin embargo, ese acercamiento a Dios, no puede reducirse a una sola hora ni un solo día de la semana, sino que debe ser continúo. Dios, como buen padre y amigo, nos “necesita” para dialogar y animarnos siempre.

DIFERENCIA ENTRE CREYENTE Y ATEO
En este tiempo, muchos desperdician las horas y hasta la misma vida, rebajando a Dios ante un trabajo o ante el poder de la ciencia y sus inventos. Muchos no lo buscan en la oración, tal vez, porque considerándolo pasado de moda desconfían de su poder y hasta ven en su Palabra, algo que sólo censura y reprende comportamientos. Por eso, se dice que para orar hay que tener fe y esperanza. La oración distingue a las personas de fe de los que tienen poca o son ateos.

El creyente debe trabajar siempre por el bien personal y el de sus semejantes. Los ateos, aunque puedan realizar esa misma labor, nunca podrán saborear conscientemente y de rodillas, lo que es un encuentro con Dios. La mayoría, por ser poco creyente, sólo se arrodillarían, como ocurre a menudo, ante algún “otro” –persona o demonio–, solicitando prebendas temporales, pero nunca ante el único Dios.

UN DIOS CERCANO PARA DIALOGAR
En la primera lectura de hoy (Gn 18, 20-32), el relato fantástico de la oración de Abraham, nuestro padre en la fe, se nos revela a Dios, “muy cercano”; siempre buscando dialogo y dejándose interpelar y “convencer’ por su creatura. Abraham, reconociendo la justicia e infinita misericordia de Dios, a quien ve como a un amigo de confianza con quien se puede dialogar, negociar y hasta regatear; intercede con un lenguaje atrevido y suplicante en defensa de los justos e inocentes de Sodoma, una ciudad que ni siquiera era la suya.

EL PADRENUESTRO
En el Evangelio de este día, vemos en Jesús, que utilizaba gran parte de su tiempo a la oración, un ejemplo que provoca en sus discípulos la necesidad de aprender a orar. Le dijeron: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1). Entonces, el Señor les enseñó la oración del Padrenuestro. Una oración universal: de todos y para todos. Cualquier persona la puede recitar. El único requisito es creer en el poder del único Dios y aceptar sus compromisos.

Con esta oración, nos dirigimos personalmente al “Padre Bueno”, santificando su nombre y pidiendo el misterio del Reino que nos ofrece. Un padre siempre dispuesto a escuchar y atender cada día las necesidades de sus hijos; sin embargo, condicionadas a su voluntad y al perdón que merecemos y merecen nuestros semejantes. Finalmente, en esta oración le pedimos la fortaleza que nos ayudaría a no ceder a las tentaciones. Única manera de mantenernos libres de todo mal (Lc 11, 2-4). Por eso, esta oración es un proyecto que empeña nuestra vida por encima del egoísmo, el desánimo y cualquier otro mal que pudiera destruirnos.

LA ORACIÓN ES NECESIDAD Y FUENTE DE VIDA
Hermanos, aprender a dialogar con Dios en la oración, además de ser una necesidad; también es una fuente de vida. Intentarlo vale la pena, pues nuestra vida y nuestra salud podrían mejorar. Y aunque no hay un método ni receta infalible, lo primero, sería remitirnos con confianza al Señor. Cuántas veces y de cuántas maneras en ciertas circunstancias de nuestra vida, habremos intentado dialogar con Dios, pero nos ha resultado difícil e infructuoso. Por eso, tratemos de recordar estas condiciones fundamentales: mucha confianza y mucho deseo de estar en paz con Dios y con nuestra conciencia. El resto, el Señor lo pondrá. También, imitar a los apóstoles, que repitieron con confianza y humildad: “Señor, enséñame a orar”. Después, callar y esperar en silencio y con paciencia, que el Señor promueva el dialogo.

A VECES NOS SANTIGUAMOS…
Hoy en día, pareciera que a muchos nos da vergüenza rezar. Nos santiguamos a escondidas, cuando hay un temblor o vamos a dormir o a viajar. Algunos, parecen sentirse menos hombres o menos mujeres si se arrodillan en la iglesia ante el Santísimo o cuando hay que hacerlo durante la misa. Tal vez, piensan que la oración es cosa de personas débiles e indefinidas. Sin embargo, nada hay más lejos de la verdad. Quien ora demuestra un grado de personalidad más elevado. Lo hace, porque se siente necesitado de la infinita sabiduría que viene de Dios. Esa ha sido la experiencia y el testimonio de muchos y verdaderos sabios. (padreraulr@hotmail.com)

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