María escogió la mejor parte y no se la quitarán. DOMINGO 16° ORDINARIO – Ciclo “C” – (Texto: Lc 10,38-42)

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 Pbro. R. Ricardo Ramírez Sulbarán.- La verdadera hospitalidad es una virtud que debe practicarse con todas las personas que tocan a nuestras puertas; sin embargo, en nuestro tiempo y por las circunstancias que vivimos, antes de abrir las puertas, hay que ser muy precavidos; sobre todo, con los desconocidos.

LA HOSPITALIDAD COMO   PROMESA Y BENDICIÓN  

Pero cuando las personas que recibos son amigos o familiares muy queridos, deseando que se sientan felices y complacidos de nuestra hospitalidad nos esmeramos en ofrecer y compartir con ellos lo poco y  lo mejor que tenemos. Al  respecto,  las lecturas bíblicas de este domingo hablan de un aspecto muy importante de la hospitalidad en nuestras relaciones humanas y divinas.

En la primera (Gn 18,1-10), el Señor, en la figura humana de tres hombres, sale al encuentro de Abraham a la puerta de su tienda. A propósito, en esa figura humana, “muchos de  los Santos Padres vieron el anuncio de la Santísima Trinidad, cuya revelación estaba reservada al Nuevo Testamento”. En aquella ocasión, Abraham habló sólo a uno de ellos diciendo: “Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no pases junto a mí sin detenerte” (v. 3).   Aquella atención y hospitalidad Abraham se convirtieron en promesa y bendición para él: Isaac, su hijo nació de Sara en circunstancia milagrosa, pues “ambos eran ancianos y de edad muy avanzada (v. 1l).

JESÚS VISITA A MARTA Y A MARÍA   

En el texto del Evangelio, que es continuación de la parábola del Buen Samaritano, comentado el domingo  pasado, vemos la visita que Jesús hizo a Marta y María, las hermanas de su amigo Lázaro. Por ser Jesús un huésped  muy importante, había que darle un puesto de honor en la casa y en la mesa. Marta, sabedora de eso, muy nerviosa se esmeraba en preparar una buena comida. María, en cambio, sentada a los pies de Jesús escuchaba con mucha atención su palabra. Marta protestando dijo: “Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer?” (cf. Lc 10, 38-40). Es que Marta, como ocurre a menudo con nosotros, no había caído en cuenta de que muchas de las cosas que realizamos aunque pudieran ser importantes, además de ponernos nerviosos, pueden dejarnos vacíos. Algo que el Señor no quiere de nosotros. Él, sin dejar de dar importancia a todas las cosas buenas que pudiéramos hacer, quiere que hagamos tiempo para la oración y para escucharlo. Por eso, dijo a Marta: “Marta, Marta, te preocupas y te inquietas por muchas cosas, cuando una sola es necesaria, María escogió la mejor parte y no se la quitarán. (Lc 10,41).

¿QUÉ PERSONIFICA MARTA?

La “pobre Marta”, personifica aquel trabajo repetitivo y obsesivo, que se convierte a menudo para nosotros, en una angustia constante. En algo que nos va haciendo esclavos de una casa, de una tierra o de un comercio. Actividades materiales que fácilmente nos alejan de Dios.  La “pobre Marta”, aun queriendo que el Señor se sintiera bien, estaba dejando por fuera la mejor parte: la palabra de Dios que la visitaba. María, en cambio, pudo descubrir que lo más importante junto a la hospitalidad de la casa, estaba en escucharlo con todo el corazón. Para lo demás ya habría tiempo.

¿QUÉ PODEMOS SACAR DE TODO ESTO?

     Muchas veces andamos muy preocupados con los     quehaceres de cada día. Y, hasta queriendo solucionar los problemas de la comunidad y del mundo, nos metemos a donde no nos llaman. Será por eso, que a menudo escuchamos de la gente, cosas irónicas y tristes como estas: “No vine a misa el domingo porque tenía una reunión, tuve que resolver unos negocios o me llego una visita”; que precisamente, no era la de Dios. Por eso, fácilmente, imitamos a Marta y no a María.

Igual ocurre con aquellos que vienen a misa por un  funeral, pero se quedan afuera y de espaldas a la iglesia. Y otros, que habiendo entrado al templo, en vez de prestar atención a lo que se está celebrando, sus mentes divagan y viajan a otros lugares y quehaceres totalmente alejados de Dios. Por todo eso, hermanos, sin deja de trabajar como Marta, no olvidemos acercarnos siempre  hasta el Señor, para dialogar y escuchar con atención su voz…

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