Hay que renacer de nuevo…

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Bastante adelantados en la cuaresma y cercanos a la conmemoración de los grandes misterios cristianos de la Pasión, Muerte y Resurrección del señor; hoy, la Iglesia nos invita a acercarnos a Jesús con la misma disposición que tuvo Nicodemo.

La intercesión de Moisés

El Evangelio de este domingo nos recuerda aquellas palabras que Jesús dirigió a Nicodemo, un maestro fariseo que buscando su iluminación, se le había acercado desde la oscuridad de la noche. El Señor le dijo: “así como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna” (Jn 3,14-15. Cf. 8,28; 12,32). Imaginemos entonces, las escenas de angustia y dolor, sufridas por el pueblo hebreo cuando fue atacado por unas serpientes venenosas en el desierto. También, recordemos, cómo después de pedir la intercesión de moisés para ser salvados, dios ordenó que se hicieran una serpiente de bronce semejante a las que los atacaban y que la colocaran sobre un madero y la miraran.

Una revisión sincera de nuestras vidas

   En instantes, aquel pueblo y todos los enfermos que había sufrido “castigo” por haber dado la espalda a dios que les reprochaba sus cultos idolátricos, mirando con angustia y ansiedad; la serpiente de bronce -prefigura de Cristo en la cruz-, descubrieron llenos de alegría, que aquel signo tenía poder para curar y salvar (cf. Nm 21,8-9). Esa experiencia del éxodo en el desierto y el retorno histórico del pueblo hebreo del exilio en Babilonia que narra la 1ª lectura de hoy (Cr 36,14-16.19-23); pueden servirnos para que desde una autentica revisión de nuestras vidas, podamos descubrir la causa o las posibles causas que nos llevan a practicar la idolatría; es decir, a no adorar al único Dios verdadero, sino a las cosas o a otras personas que podrían ser llamados líderes religiosos o políticos (milagrosos y salvadores), de diferentes tonos y colores.

 

Una cruz, un crucifijo y otros signos cristianos

   Hermanos, pero así como hay personas totalmente alejadas de Dios viviendo la triste experiencia de la idolatría, también hay otras personas que ven en la imagen de Cristo inmolado en el madero de la cruz, hace más de dos mil años, un signo de misericordia, de esperanza y salvación. Por eso, todavía en nuestros pueblos y ciudades, podemos ver cruces y crucifijos colocados sobre los templos y sobre las tumbas donde yacen los restos mortales de conocidos o desconocidos. Y, no como simples adornos exteriores, similares a los que son colocados sobre una pared, detrás de una puerta o de adorno o amuleto de buena suerte sobre el cuello. Para el cristiano de fe, una cruz o un crucifijo son mucho más que eso. Una cruz o un crucifijo son signos que nos acerca al único y verdadero Dios, revelado en Jesucristo.

     Pero hermanos, también, hay otros signos cristianos vivos que caminan y nos hablan: madres, padres, maestros, vecinos y catequistas, que nos acercan a Dios con sus palabras y testimonios. Padres que cuidan por muchos años a un hijo o a una hija con deficiencias físicas o mentales; demostrando de esa manera, lo que es tener amor de verdad. También hay otras personas afligidas por alguna enfermedad, que desahuciadas y acompañadas por alguien que las cuida con compasión y cariño, esperan la muerte o la sanación, dando siempre testimonio de fe y esperanza.

La disposición de Nicodemo

   Sin embargo, también hay otras personas que por gustos o apetencias personales, ante un crucifijo, una cruz o un signo viviente, la respuesta es la indiferencia. Al no entender lo que es la compasión y la caridad, al no entender lo que significa la Palabra de Dios y la Eucaristía que los enfrenta a sus propias conciencias, fácilmente se alejan. Por eso, prefieren seguir viviendo en la oscuridad (cf. Jn 3,19-20). Y es tanto el temor que sienten a la Luz y a la Palabra de Dios, que muchas veces intentan apagarlas. Amenazan, encarcelan o asesinan a los que predicando la verdad claman por la justicia y el derecho. Hay muchos otros signos en las cárceles y en las tumbas, víctimas de los que tienen miedo a la luz.

     Entonces, ¿si sabemos de estos y otros ejemplos vivos, como sucedió con Nicodemo; ya al final de esta Cuaresma, no hacemos un esfuerzo para salir de la oscuridad? ¿Por qué, no nos acercamos a Jesús para que nos ilumine en la verdad? Así sea.-