4º domingo de cuaresma El sentido del signo de la Cruz

padre-julio

El Trozo del evangelio dispuesto para la liturgia de este domingo 4º del tiempo de cuaresma, Jn 3, 14-21, nos presenta el final del encuentro de Jesús y Nicodemo, el cual forma parte de un discurso que dirige Jesús a una figura representativa de Israel, que nos da a entender que existe una parte de los fariseos, que admiraba a Jesús. Pero vamos a tratar de encontrar el sentido de este texto.

Ante todo, es necesario identificar el personaje que acude a Jesús, Nicodemo. Este es un nombre frecuente entre judíos y griegos y su significado es el victorioso sobre el pueblo. Pero, ¿quién era Nicodemo? Era uno de los principales del partido de los fariseos, adversario de los saduceos, a la que pertenecía la mayoría de los sumos sacerdotes, lo jerarcas religiosos, que gobernaban el templo de Jerusalén y a los que los fariseos acusaban de ilegítimos.

Luego de la expulsión de los mercaderes del Templo, Nicodemo ve en Jesús una esperanza venida de Dios. Es por ello que viene de noche a intentar negociar con Jesús, para establecer un acuerdo. Por eso estaba dispuesto a aceptar que Jesús era un maestro venido de parte de Dios, pero, Nicodemo quería que todo se desarrollara dentro de un orden según la ley de Moisés, según la doctrina farisea, fuente de vida y norma de comportamiento para el hombre.

Ante esta situación, la respuesta de Jesús fue tajante: no es sólo una reforma de las instituciones religiosas lo que Él propone, según el proyecto de Dios, sino más bien, ésta debe hacerse de forma radical, hay que nacer de nuevo, hay que crear una nueva sociedad formada por hombres nuevos, así lo describe la primera parte del episodio del evangelio Jn 3, 1-12. Por tanto, la determinación de Jesús, implica asumir el signo de la cruz, como requisito fundamental para la transformación espiritual de Israel: “Lo mismo que en el desierto Moisés levantó en lo alto la serpiente, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él, tenga vida eterna”.

La vida de Dios ha de llegar a la humanidad entera, no como cumplimiento de las leyes religiosas, sino por un cauce totalmente distinto. Esta debe realizarse por medio del hijo del hombre, que va a ser levantado en lo alto, colgado en una cruz. Esta vida nueva se obtendrá, mediante la fidelidad y la lealtad en el cumplimiento de su compromiso de amor con toda la humanidad. Este es el requisito para todos los que quieran caminar iluminados por la luz de Dios y estén dispuestos abandonar la oscuridad de un mundo organizado, en contra de la voluntad de Dios y de la felicidad del hombre.

Pbro. Julio César León Valero.