DOMINGO 5º ORDINARIO – Ciclo “B”   –   (Texto: Mc 1: 29-39)

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Si fácilmente admitimos como normal, un mundo en el que se alternaran  el día y la noche, la lluvia y el sol, el verano y el invierno, la juventud y la vejez, la risa y las lágrimas; ¿por qué nos costará tanto aceptar y superar la angustia y el dolor, que causa una enfermedad o la muerte de un ser querido? Y, ¿por qué, cuando ocurren, nos cuestionamos y hasta dudamos de la existencia de un Dios justo y bueno que las permite?

 

PERSONAS QUE DESDE EL DOLOR, EVANGELIZAN

Sin embargo, siempre hay y habrá seres que desde el mismo dolor nos animan y evangelizan. El caso de Job, 1ra. Lectura de hoy (Job 7,1-4.6-7), es hoy es un ejemplo de ello. En la vida de Job, como experiencias difíciles de acepta y superar, se mezcló la abundancia y la escasez, la salud y la enfermedad, la compañía y la soledad. No obstante, con la ayuda y obediencia a Dios, pudo entender que la vida  no siempre es complacencia y alegrías.

Esta pregunta: ¿Cómo es posible que existan personas que desde el mismo dolor evangelizan?, me la hice una vez, cuando siendo seminarista del primer año de filosofía y con poca o ninguna experiencia de apostolado con enfermos;  por encargo del rector del Seminario, tuve que realizarlo en el Hospital Anticanceroso “Padre Machado” de Caracas.

 

EN EL HOSPITAL ANTICANCEROSO

En mi segunda visita al hospital, por recomendación de una religiosa trujillana de la congregación de Santa Ana,  que laboraba en aquel hospital, acepté con mucho nerviosismo visitar a un hombre a quien los médicos pronosticaban quince días de vida. Pero, como la historia es larga y llena de pormenores; trataré  de resumirla, contando apenas lo que más me impresionó de mi visita: al entrar a su habitación, el enfermo, de unos 32 años de edad,  respondió mi saludo de ¡buenos días!, con esta pregunta:  ¡Upa!, Raúl Ricardo, qué haces por aquí?” Se trataba de Ramón Viloria, un compañero de bachillerato en el Liceo Rafael Rangel de Valera, que en aquel tiempo, “sin” o con poca fe en Dios, militaba en un partido de izquierda. Y como hacía más de quince años que no lo veía y la enfermedad había hecho mella en su fisonomía, al principio no pude reconocerlo. Ramón estaba  casado y aquel día lo acompañaban su esposa y dos hijos pequeños.

Durante el tiempo que duró la visita nunca le escuché denigrar de Dios ni de la Iglesia. Lo veía contento y sin tocar el tema de su enfermedad,   conversamos  de  muchas   cosas.  Ya   al final,  antes  de despedirme, a la pregunta: “¿Cómo te sientes Ramón?”… Me respondió: “Bueno, ya ves, Raúl Ricardo: Yo he sufrido mucho”… Y  señalando un crucifijo que colgaba de la pared y a mi espalda, dijo: “Pero no tanto como aquel que está allá. Jesucristo sufrió mucho más y por todos nosotros”… Yo quedé deslumbrado. Por eso, al salir de aquella habitación, camino al Seminario, me repetía: ¡Dios mío!, vine a consolar y a evangelizar y he salido evangelizado.  ¡Qué buen ejemplo!… El sábado siguiente, Ramón ya no estaba. Lo habían trasladado a Maracaibo donde murió, como habían pronosticado los médicos.

 

CRISTO SUFRIÓ MUCHO MÁS…

Hermanos, aunque todo bautizado debe evangelizar, a veces, olvidamos que no es tarea única de los sacerdotes, de los religiosos y las religiosas. La mayoría de los católicos no evangelizan ni a sus propias familias. Aquel amigo mío, convertido al Señor gracias a la actividad misionera de un grupo de apostolado de nuestra Iglesia, si lo hacía. Ramón tuvo la gracia de reconocer a Jesús y convertirse a él, desde lo más profundo del dolor y del sufrimiento humano. Junto a su familia, evangelizaba anunciando la esperanza de salvación para todos. “Cristo sufrió mucho más y por todos nosotros”, repetía. Pero, ¡cuántos hay, que no lo saben o lo han olvidado! A esas personas tenemos la urgencia de comunicarles la Buena Noticia de salvación. En Jesús y su Palabra podrían reconocer al único Dios que da respuesta a todas las dudas e inseguridades. Ramón murió tres semanas más tarde, pero antes de eso, mucha esperanza compartió con los que le visitaban.

 

¡POBRE DE MI SI NO ANUNCIO EL EVANGELIO!

Hermanos, la palabra de Dios, este domingo, nos recuerda el compromiso que tenemos todos los cristianos. El mismo que hacía exclamar a San Pablo: “Estoy obligado a hacerlo, y ¡pobre de mí si no anuncio el Evangelio!” (cf. 1Cor 9:16).   Esa misma necesidad y urgencia nos la muestra el Evangelio de hoy, cuando  nos describe el compromiso y testimonio de Jesus frente al el dolor humano: Después de salir de la sinagoga,   fue   a  curar  a  la    suegra   de Pedro.  Más  tarde,  al anochecer y sin haber descansado nada, le llevaron todos los enfermos y poseídos por los demonios. Más adelante, “se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar” (v. 35). A aquel lugar de oración fueron a buscarlo Pedro y los otros apóstoles, para decirle: “Todo el mundo te busca”. Jesús les respondió: “Vamos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido”. Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando demonios” (cf. vs. 37-39). ¡Qué gran ejemplo!…