Un apretón de manos,  es más que una limosna…

lampara_de_barro

“Una señora, que siempre daba una limosna a un mendigo, que pedía a la puerta de la Iglesia, se llevó aquel día la mano a la cartera y cayó en cuenta que había dejado en casa su monedero. El mendigo mantenía su mano extendida hacia ella. Con tacto y rapidez aquella señora le dijo: `Hoy no tengo nada que darte pero al menos puedo estrecharte la mano`. Y así lo hizo, con sincera naturalidad de sentimiento. Y el mendigo no se dejó ganar en cortesía, aceptó el apretón de manos y dijo: `Hoy Usted me ha dado más que todos los otros días`”.

¿Somos dadores, o simplemente nos contamos entre los que reciben? Los más felices son aquellos que se entregan a sí mismos y también son generosos y dispuestos a ayudar a los necesitados, no solamente con dinero, sino donando parte de su tiempo a los que requieren de consuelo y compañía. Como la señora del cuento, hizo lo que pudo con todo su corazón y el mendigo entendió y apreció su gesto de bondad.

 Todos podemos ser consoladores, aunque no tengamos dinero para ayudar a los demás. Dando nuestro afecto con un apretón de manos, una palmada en el hombro, un abrazo, podemos tocar lo más profundo del corazón de quien esté desmoralizado, o esté experimentando crisis. Es preciso hacerle saber que gracias al Señor logrará cobrar ánimo para seguir adelante (Rm.15, 5). No importa cuán poco tengamos, hay quienes carecen de lo más indispensable, y nosotros podemos aliviarlos con nuestra ayuda, (1 Tm. 6, 18).