INMACULADA POR SIEMPRE

cristemario

En las Letanías decimos, entre otras verdades, que la Madre de Dios es Inmaculada. Lo decimos en la seguridad de que es cierto, porque antes de que se estableciera como dogma por parte de la Iglesia, ya el pueblo cristiano era consciente de que esto era y sólo podía haber sido así. La Santísima Virgen sólo pudo haber sido concebida sin mancha alguna… Y no podemos defender otra cosa.  Es conocido que aquellos que se apartaron de la Iglesia católica, tienen de María un sentido distinto y no la consideran Inmaculada. No les parece que cuando el Ángel, en la Anunciación, la llama “llena de gracia” (Lc 1, 28) quiera decir que la gracia ha de alcanzar hasta su misma concepción.  Así, por ejemplo, en los mismos textos sagrados que tenemos por buenos y benéficos para nuestro espíritu, se deduce con cierta perspicacia, la especial concepción de María. Dice, por ejemplo, en Génesis 3, 15 donde se establece una enemistad perpetua entre el Mal y el Bien, siendo el primero la serpiente y el segundo, la mujer (aquí María, nueva Eva como se deduce de 1 Cor 15, 22 cuando escribe San Pablo “Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo” al desatar el nudo causado por la primera Eva) que dará a luz un hijo que aplastará la cabeza de la instigadora de que el mal entrara en el mundo. Promesa, pues, de salvación desde muy pronto en las Sagradas Escrituras.  ¿Qué decir, por ejemplo, del texto de Lc 1, 42 “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre” que es lo que el Espíritu le sopla en el corazón a Isabel, prima de María?  Podemos, por ejemplo, entender que es que se bendice, en el mismo momento al Hijo y a la Madre y que, por lo tanto, como no es posible sostener que sobre el Hijo, Dios mismo que se va a hacer hombre, recaiga ningún tipo de maldición hereditaria al respecto del pecado original, otro tanto ha de suceder con María. Aquella Virgen, la Virgen, debía ser, también, Inmaculada.  Y así, con el paso de los siglos, lo que luego sería dogma de la Inmaculada Concepción de María, fue tomando forma. Tanto en escritos de los Padres de la Iglesia como en la conciencia del pueblo fiel, que María fuese concebida sin la mancha del pecado original, fue calando en el corazón de aquellos que se han considerado sus hijos y que se sienten gozosos de ser llamados descendencia espiritual de aquella joven que dijo sí a Gabriel.  Hay, pues, más que suficientes muestras de que a lo largo de la historia, la Iglesia católica ha conocido que María tuvo una concepción inmaculada y que otro modo de pensar no podía sostenerse.  No nos extrañe, por lo tanto que el Papa Pío IX el que, el 8 de diciembre de 1854, por medio de su Bula “Ineffabilis Deus”,  dijera: “Declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles…” Tampoco nos debería extrañar que, para confirmar lo dicho por Pio XI, un sucesor suyo, Pío XII, en este caso el día de la celebración de la Natividad de María (8 de septiembre), dio a luz pública la Encíclica “Fulgens Corona” en la que dijo: “Si en un momento determinado la Santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese periodo de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre”.  Por eso María es Inmaculada, siempre Inmaculada.

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