Servir de corazón

buena nueva

Una esposa contaba que ella estaba asistiendo a un curso de autoestima. El profesor le pidió que le dijera a su esposo que escribiera las seis cosas que, según su criterio, ella debería cambiar. El esposo le dijo: Déjame pensarlo y, mañana por la mañana, te las escribo.

Pero, al día siguiente, después de pensarlo bien, en vez de escribir las cosas que no le gustaban de ella, pidió a una florería que le enviara seis rosas rojas con una nota que decía: Querida esposa, no se me ocurre nada que deberías cambiar. Te quiero tal como eres.

Cuando el esposo llegó a casa por la tarde, ella lo esperaba en la puerta y le contó que las otras mujeres le habían manifestado que lo que él había hecho era lo más hermoso que habían visto, pues aceptarla como era, era una bella manera de decirle que la amaba y de estar agradecido”.

¡Cuánto podemos dar! ¡Cuánto podemos amar! ¡Cuánto podemos hacer felices a los demás con pequeños detalles!… No necesariamente tenemos que viajar a África para ayudar a alguien. Sólo tenemos que prestar atención y observar nuestro entorno. Estar dispuestos a conectar con otra persona y entender con su situación.

Nuestra tarea es dar amor y ayudar a quien lo necesite, como podamos, mirar alrededor y empezar a ofrecer lo mejor de nosotros mismos. Así, nuestro corazón no tendrá más vacíos por llenar, por eso, si tenemos tiempo, ofrezcámoslo; si nuestro bolsillo lo permite, demos dinero, o compartamos nuestros talentos con los demás: escuchar, hablar, cocinar, pintar… muchas veces nuestra presencia también puede ser un valioso regalo para otro ser humano,  ya que las personas estén sanas o enfermas a veces no necesitan dinero, sino nuestra compañía, la calidez de un abrazo, una sonrisa cariñosa o una mirada comprensiva pueden ser un auténtico bálsamo cuando hay dolor o necesidad.

“Un señor llega a su casa, Está cansado del trabajo, oprimido por el calor. Su esposa le recibe, se acerca y le dice: -Siéntate, te tengo una sorpresa. Él se sienta en el sofá, y ella le trae… un vaso de agua con hielos”.

«Siéntate, te tengo una sorpresa». No ha sido oro, ni un cheque, ni una corbata nueva. Ha sido, simplemente, un vaso de agua fresca. Un agua deliciosa, buena, pero, sobre todo, bañada de cariño.

A veces basta poco, muy poco, para que la vida sea más bella. Esta vez ha sido ella la que le ha dado una magnífica “sorpresa” a su marido. Mañana será él quien le diga a ella: « ¿Salimos de compras? ¿A dónde quieres que vayamos?» Pasado mañana será el hijo que vive lejos: llama por teléfono a sus padres simplemente para decirles que está muy contento de poder hablar con ellos así, sin más, sin tener que dar ninguna noticia especial.

Como vemos, sólo un pequeño detalle hace que la llegada a casa no sea un momento de preocupaciones, sino de alegrías, de confianza, de amor. Sería admirable, que cada uno de nosotros tomara esa iniciativa, cambiarían las personas y el mundo empezaría a ser diferente, porque empezaríamos a dar el primer paso, no para que nos sirvan, sino para servir.

El servir de corazón, no implica sufrir ni hacer grandes sacrificios. Si eso nos pesa, quizá se deba a que estamos tratando de cerrar una herida personal, y no por ayudar a otros. Así que empecemos por ofrecer lo que podamos dar. Dentro de nuestra familia puede haber alguien que necesita ayuda, y también entre nuestros vecinos o en la comunidad. Esto no significa que el resto de la gente no nos debe importar, sino que es mejor empezar por las personas que están más cerca de nosotros.

Quienes renuncian a las maravillas de la vida y saborear la felicidad de dar amor a otros, se pierden en el camino de la tristeza… Decía la  madre Teresa de Calcuta: “Muchas veces basta una palabra, una mirada o un gesto para llenar el corazón de los que amamos”.

El último cuento para finalizar, nos ayuda a reflexionar lo bueno que es estar pendiente de los que nos rodean,  porque todos esos pequeños detalles que tenemos para con ellos, regresan a nosotros, llenos de amor e impregnados con la fragancia de la  felicidad… Una vez, un niño fue con su padre a visitar unas grutas maravillosas, y el niño gritó: ¡Qué horrible! Y el eco repitió: ¡Qué horrible! Entonces, el papá gritó: ¡Maravilloso! Y el eco repitió: ¡Maravilloso!”.

Así es la vida, maravillosamente espléndida, parecida al eco, que te devuelve lo que dices o haces con la misma energía que has usado tanto para hacer el bien, como para el mal. Por eso, si deseas más amor, da más amor. Si deseas felicidad, da felicidad. Si quieres que te sonrían, sonríe tú primero. Si eres bueno y tienes paz en tu corazón, irás contento por la vida, diciendo a todos, sin palabras: Vale la pena vivir. Vale la pena ser agradecido. Vale la pena vivir, amando a Dios y a los demás.